He aquí, pues, el idioma
que hablé en mi infancia; el idioma en que aprendí a leer y a solfear; el
idioma enmohecido en mi mente por el poco uso dejado de lado como herramienta
inútil, en país donde de poco pudiera servirme.
Alejo Carpentier. Los
pasos perdidos
En todas las
culturas y las épocas de la historia, los seres humanos por su racionalidad
hemos construido cuestionamientos y reflexiones sobre el ser, la esencia y
existencia del hombre, la naturaleza, la vida política y social de los
distintos grupos humanos; en fin, un sin número de temas englobados en los
procesos de pensamiento, que sin duda alguna son el “idioma” en que cada
civilización logra entenderse e identificarse entre a sí misma y en relación
con las demás. Por lo que, dicha tarea reflexiva la podemos resumir en una sola
palabra: filosofía.
La filosofía surge en la Antigua Grecia bajo
la consigna de amor a la sabiduría, pero
la filosofía es más que el especial aprecio por la sabiduría. Cuando hablamos
de ella nos estamos refiriendo a que la filosofía es un hacer (facere, poîen), un producir un discurso, un ordo signatum (Dussel, Historia de la filosofía
latinoamericana y filosofía de la liberación, 1994, pág. 16). Por
tanto, me atrevo a decir que la filosofía es ese idioma
con el cual aprendemos a leernos a nosotros mismos y la realidad que nos rodea,
el idioma con el que intentamos acercarnos a lo físico y metafísico, el idioma
con el que expresamos el solfeo de la
vida.
Entonces para
hablar de filosofía debemos considerar que ésta permite a los hombres
comprenderse a sí y entre sí; lo cual nos puede hacer pensar que estamos
hablando de la existencia de un número variado de filosofías. Sin embargo, discurro
de ello, ya que la filosofía en sí misma tiene un carácter universal en cuanto
al punto de partida de las preguntas y problemas que plantea, y que sin duda
alguna encuentran respuestas según el “idioma” de cada pueblo, idioma con el
que le dan respuesta a esas preguntas universales.
Muchos autores han
escrito sobre el carácter universal de la filosofía, unos a favor, otros en
contra, y algunos de una forma conciliar, tal como lo propone Beorlegui.
Personalmente me identifico con esta última postura, porque encuentro que el
carácter universal en la filosofía está en el planteamiento de los problemas
filosóficos y sus respectivas preguntas, ya que filósofos de distintas épocas y
civilizaciones han buscado dar respuesta a las mismas interrogantes[1]; y donde haya seres
humanos ahí habrá filosofía, pues son los
hombres los que la expresan (Zea, 1977), por lo cual la
filosofía tiene un carácter universal en cuanto al punto de partida, pero las
respuestas serán en distintos idiomas.
No comparto el
intento de muchos por meter todo el producir
filosófico en un solo cajón, eso parece ser simplista. Por otro lado,
afirmar la que existencia de muchos cajones dispersos por toda la historia de
la humanidad aislados unos de otros es algo con lo que no estoy muy de acuerdo.
Más bien, se puede visualizar a la filosofía como un enorme mueble de gavetas o
cajones, donde todos calzan perfectamente en él y pertenecen a él, y cada
gaveta representa un sistema o línea filosófica, ya sea la filosofía europea, asiática
o latinoamericana; o bien existencialismo, materialismo o racionalismo.
En otras palabras,
la filosofía viene siendo como el apellido que llevan los nombres de todas
aquellas reflexiones que surjan de su progenitora la racionalidad humana;
latinoamericana, europea, o lo que usted quiera ponerle es el nombre, y
filosofía es el apellido común que comparte con las demás.
Teniendo en cuenta
que de la filosofía es filosofía sin importar el nombre que le ponga, podemos
afirmar que, así como la filosofía europea (desde la más antigua hasta la
contemporánea), ha buscado dar una respuesta a las preguntas más profundas que
la razón pueda concebir; del mismo modo los pueblos latinoamericanos han avizorado
en sus expresiones culturales, identidad y hasta en los anales de su propia
historia, respuestas a las mismas cuestiones que los europeos; partiendo del
mismo punto pero con un idioma distinto, un lenguaje más propio a su ser.
Latinoamérica
tiene en sí misma su propia razón, son hombres y mujeres los que la habitan, y
por tanto generadores de filosofía, pero en un lenguaje distinto al europeo,
pero al fin y al acabo filosofía, en la que se desarrolla una cosmovisión, una
antropología filosófica, una filosofía política y social, y hasta una
metafísica, que, sin duda alguna, buscan responder a las cuestiones más
profundas del ser humano.
En América Latina
existe toda una forma de concebir el mundo, que de alguna u otra forma es
particular a cada pueblo en el sentido de su lenguaje sin caer en relativismos
absurdos, pues es universal en sus principios, en sus cuestiones, lo que cambia
es la forma de expresarlos, así nos lo demuestra la cosmovisión que tienen los
pueblos hispanos, que a pesar de que en un principio estaba basada en los mitos
o relatos, dicha cosmovisión no deja de influenciar en el pensamiento de las
sociedades latinoamericanas, especialmente en aquellas que aún se identifican
con sus raíces precolombinas.
Otro de los
aspectos que nos hacen ver que existe un pensamiento latinoamericano es la antropología
filosófica presente de las culturas latinoamericanas, tanto en las
precolombinas como en las actuales, pues el ser humano, en el caso de las
culturas prehispánicas, no es un ser completamente superior a la naturaleza, y
por eso debe someterla a su voluntad, sino que más bien el hombre es parte de
ella, donde la naturaleza le ayuda a su realización y vitalidad.
La antropología
filosófica latinoamericana no puede obviar la naturaleza social del hombre[2], por lo que el pensamiento
latinoamericano también responde a una filosofía política y social construida
sobre la historia del continente, especialmente en los siglos de la colonia y
en la época independentista, que heredera de los movimientos políticos de la
ilustración europea, se inicia con mayor fuerza el desarrollo del pensamiento
latinoamericano puesto que es en este contexto se dan los mayores movimientos
intelectuales en pro de los procesos de enajenación de la Corona española.
El latinoamericano
común tradicionalmente es espiritual, en sus adentros tiende a la búsqueda de
la trascendencia, manifestándose en un principio en su religiosidad, muestra de
ello es la riqueza de los relatos mitológicos presentes en las culturas
precolombinas; relatos que no tenía otra tarea más que explicar o transmitir la
cosmovisión y proceso de pensamiento de los hombres del nuevo continente.
Los relatos y
leyendas, cargados de un realismo mágico, son el solfeo y el lenguaje con el
que habla cada pueblo, estos enriquecieron la metafísica latinoamericana de los
pueblos prehispánicos y sigue nutriendo la sabiduría de las personas. Sin embargo,
dichos relatos han opacados por las corrientes filosóficas de la modernidad y
postmodernidad, a tal grado que la sabiduría que en ellos se encuentra ya no es
valorada, convirtiéndolos en un simple atractivo turístico, algo llamativo del
folklore de los pueblos, sin mayor trascendencia e importancia en el pensar de
las gentes.
Otro aspecto que
es necesario recordar es que, el carácter trascendente del hombre americano
sufre un giro cuando se desarrolla lo que Dussel llama la filosofía de la
liberación en su obra Historia de la filosofía latinoamericana y filosofía de la
liberación, donde se busca la
emancipación del hombre, para que este en un inicio se desarrolle liberándose
de los sistemas estructurales hasta lograr alcanzar la emancipación de su
racionalidad. Esta filosofía de la liberación de la que nos habla Dussel es
propia de América Latina y fue el tema que ocupó a muchos filósofos de la
segunda mitad del siglo XX.
Muchos ven a la filosofía
latinoamericana como una herramienta inútil,
que no aporta nada a la historia del pensamiento universal, y que los grandes
aportes sólo pueden venir de los pensadores del viejo continente. Pensar así solo
nos aísla de la universalidad de la filosofía y los problemas que ella misma
plantea. Muchos fueron los que hablaron del ser y la esencia, otros del alma,
del hombre, el conocimiento, el origen del cosmos y así un sin número de
problemas abarcados por distintos caminos, todos queriendo llegar a una respuesta,
que a pesar de ser distintas enriquecen unas a otras el pensamiento del hombre.
Quitarle el moho
que tiene la filosofía latinoamericana es parte del trabajo que tenemos los
habitantes de este continente, ya que la desvalorización de nuestra producción intelectual
empieza por casa, darle el lugar que el pensamiento latinoamericano merece es una
tarea vieja pero actual, sin caer en relativismos y exclusiones innecesarias,
sin fin alguno, pues caeríamos en un círculo vicioso de negaciones mutuas de
pensamiento.
El camino no es
denunciar un mal sufrido, sino más bien, abrir una brecha para lograr una verdadera
integración de la filosofía latinoamericana en la filosofía universal, luchar
desgastaría más nuestro idioma, a
nuestro solfeo, y no podríamos
mostrarle a otros el verdadero fondo de la filosofía latinoamericana, un fondo
que no es más que un búsqueda de respuestas a las preguntas universales que se
ha planteado la humanidad a través de la historia universal de la misma filosofía.
[1] Postura intermedia o
circunstancialista, la cual entiende
que los problemas filosóficos responden a preguntas y respuestas universales…
con sus correspondientes soluciones, apoyados en una coyuntura circunstancial y
época (Beorlegui, 2010, pág. 35).
[2] …es tarea de la antropología filosófica que
incluye, en su nivel propio, la estructura del hombre en general, y por ello
del hombre individual, social o culturalmente. (Dussel, America Latina Dependencia
y Liberación, 1973, pág. 71)
